Muerte y veinte, suenan parecido

10 septiembre, 2020

Agradezco la invitación a escribir de parte de la Clínica de la Concepción.

La verdad es que no podemos dejar de hablar de esta pandemia. Estamos todo el tiempo hablando sobre el Coronavirus. Vivimos, trabajamos, estudiamos, amamos, nos divertimos, la vida misma está erigida sobre el virus. Todo sobre la pandemia, por encima de, a ver si logramos apoyarnos, hacer un poco de pie y entonces sentir que dominamos lo desconocido.

Ahora más que nunca el discurso de la salud cobra toda su relevancia, hay que cuidarse, hay que lavarse las manos, hay que tomar conciencia. Cada vez más conciencia. Pero los psicoanalistas creemos que eso no es lo más interesante.

Creo que estamos todavía transitando, todavía muy cerca de este accidente biológico, que nos ha distanciado notablemente, pero creo que hay una vía para acercarse subjetivamente. Cierto es que aún no conviene sacar conclusiones, pero un análisis siempre es un espacio para conocer qué me acompaña en la vida. Creo que este es el momento más oportuno para que cada quien invente la manera de aliarse con lo más enemigo, lo más extranjero, lo más viral que le habita.

A veces esa parte enemiga nos autodestruye, porque la felicidad no está programada en la vida anímica. Hay una satisfacción de otra índole, que Freud descubre exactamente hace un siglo, año 1920 y en un contexto de guerra, miren qué vigencia tiene esto hoy, también hoy transitando como si fuera una guerra y también en un año 20. Es ahí, en 1920, cuando Freud descubre la pulsión de muerte. Ciertamente veinte y muerte suenan parecido.

¿Qué significa esto? Que a pesar de los esfuerzos de conciencia y de la razón, una satisfacción en buscar agredirse y agredir a otro es inherente al ser humano, que marca un punto de imposible en la vida gobernada por el principio de placer. No todo placer. El ser humano a veces hace cosas indeseadas, a veces dice lo que no tenía que decir, sigue comiendo cuando está saciado, sigue pidiendo lo que no es. Todo eso a veces lo lleva al riesgo y, en el peor de los casos, a la sobredosis.

El psicoanalista se ofrece para dar tratamiento a esa pulsión de autodestrucción que acecha al ser humano. Esta pandemia ha despertado esa pulsión, porque ha destruido el equilibrio y eso conmociona el arreglo con el que cada sujeto ha podido funcionar con su síntoma. La cuestión tiene que rearmarse. Se trata de un momento justo para que los pacientes vengan a saber qué es lo que los lleva de las narices. Y el psicoanálisis puede tener un papel importante en ese reordenamiento.

Por Lic. Marco Máximo Balzarini 
Psicoanalista practicante de la orientación lacaniana

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